martes, 8 de enero de 2008

MELODIA DE SOLEDAD


La melodía era bella. Habían pasado cuatro meses desde la primera vez que la vio. Los dulces golpes de las cuerdas dejaban sentir una música casi celestial. Su cadera parecía la prolongación de una guitarra, un canto de querubines, de ojos pardos oscuros y piel blanca.

Las inspiradas notas invitaban a pensar en la perfección de su cuerpo. En su rostro se dibuja una sonrisa al tiempo que la tenue luz del cuarto dejaba ver sus zonas más recónditas. Ahora se miran y recuerdan sus tardes caminando por el malecón. Él recuerda cuando su cabeza se recostaba sobre su hombro y la fantasía llegaba a su máximo punto de placer.

Su padre le había ordenado, sin derecho a replica, que abandonara el conservatorio. “La guitarra es un instrumento de vagos y trovistas sin beneficio” – le dijo. Franz aceptaba su condición de vago y holgazán, pero poco importaba si lo ojos oscuros de Constanze le observaban tocando la guitarra; ¿Era el mundo, a caso, una evocación armónica fluyendo en las manos de ella junto a las suyas? El padre de Franz, un tipo chapado a la antigua y disciplinado hasta no más, creía que el amor y los sueños debían dejarse de lado si uno quería ser exitoso en la vida. Constanze era el concepto de sus sueños más febriles, de sus tardes de cigarros, de piso frio y sollozos inusuales. Era su musa, un ángel gótico que descendía con sus enormes alas sobre su infernal vida: la vida – que él consideraba- desgarrada por su tradicional familia. “Franz cada vez tocas mejor. ¿Algún día compondrás?” “Te dedicaré todas mis canciones” “Eres un tonto. Solo me bastaría que te acuerdes alguna vez de mi”. Cómo él podría olvidarla. Incluso, la idea de fugarse se le pasó por la mente, sin embargo pensó que sería un acto cobarde. Su áspero padre quería que sea médico, como todos en su larga hilera familiar. Sin duda le aterraba la idea de aparentar en el futuro una personalidad falsa, mas su tristeza sólo podía ser aliviada con las palabras de Constanze por teléfono. “¿Qué harás ahora, me preocupas, sabes?” “Gracias, pero no lo sé, no tengo ni la menor idea de que hacer” “¿Y las canciones que prometiste escribir?” Silencio. “Ahora mi vida es una canción, vulgar y salvaje, donde solo se oye el llanto de un niño y el gruñido de fieras insaciables que desean liberarse de las ataduras que las sostienen” “Déjate de poesía, tontito, ah, creo que iré pronto para Trujillo” “Genial”.

La universidad empezaría dentro de dos semanas. La familia de Franz realizaba grandes preparativos para la tan esperada imposición de mandiles. Los tíos, primos, sobrinos médicos o estudiantes de medicina, toda la familia, se reunirían para conmemorar el ingreso del pequeño Franz “músico” a la correcta vida médica. Pensaba en Constanze a pesar que cada dos horas le enviaba un mensaje de texto a su teléfono móvil, mensaje tras mensaje, escribiéndose tonterías, tratando de apaciguar su aburrimiento por un lado, pero por otro, queriéndose con las palabras, sintiendo ese cariño indirecto que sólo te brinda el messenger o los mensajes de texto. Mensaje nuevo. Era el enésimo. “Llego a Trujillo este viernes”. Hoy es lunes –pensó Franz. Casualmente, el viernes era la imposición de mandiles. “Espero verte, me alegrarías mucho, te llamaré cuando llegue”. Emoción. Deseaba gritar la noticia con todas sus fuerzas, de pronto necesitaba una guitarra para cantar algo tierno, algo que termine de llenar su felicidad. Constanze llegaba a la ciudad y quería verlo a pesar del tiempo transcurrido. La alegría sólo fue interrumpida por las llamadas de su padre para que el sastre le tome las medidas de su nuevo guardapolvo.

El viernes comenzaría con bullicio. La familia se preparaba para la ceremonia, todos lucirían sus mejores trajes. Sonó un celular. “Estoy en casa”. Silencio cargado de asombro. Una suerte de sudor frio recorría cada centímetro de su cuerpo. “Que haces, porque no me hablas” “Hola, es que ando ocupado, que tal”. Su voz sonaba entrecortada y exasperante. “Bueno, prometiste que nos veríamos hoy, ¿no?”. Otro silencio al auricular. Franz quería verla de todas formas, aunque eso implicara faltar a la tan ansiada ceremonia. “Si no vienes no te atrevas a venir después”. Su voz sonaba como cuando alguien te obliga algo, medio en broma y medio en serio. Y el la amaba más. Cada silencio, cada palabra, cada entonación era un aura de alegría. Y salió raudo de la casa.

Pasaron quince minutos, para Franz dos largos días dentro de la congestión vehicular, la sonrisa mordaz y aterradora de los semáforos en rojo, la aparente lentitud de la avenida y las quince cuadras que lo separaban de Constanze: De su Constanze que le pedía llegar. “Llegaste, tontito”. Silencio. El tiempo pareció regresar de un insospechado callejón, de una larga distancia anónima para posarse sobre el pecho de Constanze, sobre ese pecho oscuro y pálido, a respirar. “Sí, te lo había prometido”. “Tontolín, deberías estar en tu imposición de mandiles”. Conspiraban entre si, sonriéndose lentamente. “Me siento mil veces mejor aquí que en la universidad, además, detesto a mi abuela, y ella me iba a poner el mandil, así que todo está perfecto”. Se miraron, ambos miraban al cielo, al jardín. “¿Recuerdas cuando caíste del balcón y lloré a mares?, fui a verte y te habías hecho el muerto” “Y…” “Y tenías en tu mano un girasol, y me lo diste y luego te di una patada”. Risas. Eran felices recordando, hablaban con premura, como si el tiempo se pudiera detener en algún instante. El tiempo, que a Franz siempre le sobraba, y que ahora suplicaba se prolongase. Y caminaron juntos por los parques y avenidas, y se conocieron una y otra vez, queriéndose entre la solemnidad del silencio. No eran necesarias las palabras, el amor es irremediablemente silente. Y sentados en una banca sus labios se encontraron, delicados los de ella, ásperos los de el. “Te quiero” “Yo te quiero más” “Abrázame tontito”, un te amo para la eternidad. “Me gustas, siempre me gustaste” “No tienes idea de mi inspiración” “uhm, ¿Neruda? ¿Una chica?” “Una chica, de bucles inciertos y mirada fugaz, de risa cantarina, de labios de seda, de tardes por el malecón y mañanas recogiendo girasoles, de mojar los pies en el mar y recoger caracoles que luego pintaríamos con nuestros nombres para intercambiarlos” “¿Aún guardas el mío?” “Sólo porque te amo”.

Sus bocas se entrelazaron, se buscaron ciegas, guiadas por una música imperceptible de suspiros. Hasta descender sobre la cama, la de ella, llena de girasoles. Flores expectantes. En las paredes, guitarras colgadas, las de él, y sobre el lecho la comunión extensa de ambos cuerpos que empezaban a fundirse. El girasol tocó la guitarra hasta desaparecer en un aroma de sonidos, como desaparecen a la distancia los pétalos al viento.

Y Franz no regresó a casa. Apagó su celular desde que vio a Constanze y decidió pasar con ella una semana por demás espectacular. Por el dinero no hubo problemas ya que Constanze se encargaba de sus gastos. Era domingo por la tarde, mojaban sus pies a la orilla del mar mientras ella le dedicaba canciones de amor y él versos sublimes desde lo más profundo de su alma que se perdían con la fría brisa y el canto de las gaviotas a lo lejos. El amor crecía a cada instante, a cada minuto mientras se volvía obsesivo, desesperante. Terminaron el día junto al calor de una fogata. Franz, apelando a su acreditado verbo, consiguió que le presten una guitarra para cantarle a Constanze sus versos prometidos, sus canciones escondidas en el baúl, empolvadas de ternura y sentimientos reprimidos. Dulces melodías. Ella le acariciaba sus cabellos, besaba la coronilla de su cabeza, lo abrazaba con dulzura y al ritmo de un sonoro “te amo” le apretaba las manos con fuerza, como temiendo que algún día se pudiesen separar. Pero fue Constanze la que se alejó. Viernes por la mañana. Franz había dormido en casa de su mejor amigo, no había vuelto a la suya desde que fugó por su amada. Toca el timbre. Silencio expectante. Y no aparecía.

Constanze no respondía a las llamadas. En su casa afirmaban que había viajado de urgencia. ¿A dónde? Franz iría hasta al fin del mundo, incluso lucharía con gorgonas y estaría dispuesto a hacer trato con arpías y grifos, con tal de volverla a ver. Nada importaba, ni el sonido de la guitarra ni los desesperados ruegos de su familia para que volviera. Sin embargo, Constanze parecía haberse desvanecido junto con los sonidos de su guitarra. Y fue entonces que de tanto preguntar por ella a sus viejas amistades, sin obtener ninguna respuesta, regresó a casa aturdido y melancólico, entre el llanto de su madre que en vez de alegrarlo, destruía más su aprisionado corazón.

Después de oír un tremendo sermón de su padre le informaron que un extraño paquete había llegado para él. “Está en tu cuarto” –le dijo su hermana menor. El paquete, de forma rectangular y forrado con un periódico viejo, lo esperaba sobre su mesa de noche. No tenía remitente, solo destinatario, solo un garabato que a las justas podía distinguirse como “Franz”. Empezó a abrirlo mientras una leve taquicardia invadía su torso. Era una caja larga y poco ancha, con una tapa encima, de color blanco y arrugada por sus seis lados. Al sacar la tapa sintió que su corazón latía con más fuerza, sus lágrimas comenzaron a discurrir por sus mejillas, lágrimas de amor, de redención. Sacó de la caja un hermoso girasol, con sus pétalos intactos, su aroma aún perceptible y el recuerdo del jardín de su musa: De la floreciente musa dentro de su mente. Luego divisó dos caracoles pintados, uno amarillo y otro rosado, cada uno grabado con la inscripción “Franz y Constance”, el golpe de las olas llenaba su audición cargada de hermosas melodías de guitarra, sentía el olor de la brisa y el canto de las gaviotas, los pies de Constanze pisando los suyos y un abrazo fraterno frente al sol poniente que esperaba jamás se oculte. Un papel en varios dobleces finalizaba el contenido de la caja, al verlo Franz cayó arrodillado al suelo mientras llenaba la alfombra de gruesas lágrimas, su cuerpo se desvanecía leyendo el escrito, su alma se partía en pedazos con cada palabra, con cada sinsentido…

Querido Franz:
He decidido regresar. No preguntes como, ni cuando, tampoco me llames y no trates de encontrarme porque ahora debo estar muy lejos de la ciudad, quizás en otro país. Me fui porque esto no podía continuar. Te quiero muchísimo, y nunca querré a otro como te quise a ti, nunca me entregaré a otro hombre como lo hice contigo, pero así las cosas debían suceder. No quiero ser una distracción y que mucho menos arruines tu vida por mí, tienes todo por delante y solo espero que triunfes y encuentres la felicidad.
Continua la carrera de medicina, te lo pido por favor, por todo el amor que aún siento por ti.
Te quiero, nunca te olvidaré.
Constanze G.

Al terminar de leer la misiva, su cuerpo se encontraba tendido en el piso, se sentía frágil, débil en demasía. Lloraba con tanta fuerza y gritaba por todos lados que terminaban por matarlo de a pocos. No entendía el porque ni el como. Se lo preguntaba mil veces, una y otra vez, y no lo entendía. Odió su vida, odió su infelicidad, odió la decisión de Constanze mientras sentía el lento desgarrar de su corazón…
Ocho meses después…

“¡Que te vaya bien hijo!” “Gracias papá, así será”. Habían pasado ocho meses desde su separación con Constanze. Fue internado en una clínica local, visitó psicólogos y estuvo en reposo durante cuatro meses. Al final logró recuperarse a costa del semestre perdido en la universidad. Aceptó la idea de que debía estudiar medicina, había dejado de tocar guitarra (sin siquiera oponerse), había dejado de escribir canciones y poemas en la oscuridad. El fantasma de Constanze ya no lo acechaba, o al menos, eso creía él. Esa mañana Franz caminaba hacia la facultad, a una de sus dificilísimas clases de las cuales su padre se sentía orgulloso. En el camino se detuvo a mirar un jardín de girasoles, y sin entenderlo bien, siguió su camino llorando al compás de sus silentes pasos.


Nota: Este texto es en gran parte trabajo de Vit M.D. con algunas líneas mías. En benéplacito del romaticismo de los girasoles y la guitarra.

5 comentarios:

Vit M.D dijo...

Garo:
Fue un honor escribir esto contigo, sin niguna duda, pero no digas que fue en gran parte trabajo mío porque ambos lo escribimos y creo q tu "chamba lírica" fue fundamental.
Por lo demás, creo que salió mas o menos, me agradan ciertas partes, como: "Se miraron, ambos miraban al cielo, al jardín. “¿Recuerdas cuando caíste del balcón y lloré a mares?, fui a verte y te habías hecho el muerto” “Y…” “Y tenías en tu mano un girasol, y me lo diste y luego te di una patada”. Risas. Eran felices recordando, hablaban con premura, como si el tiempo se pudiera detener en algún instante" o " Sus bocas se entrelazaron, se buscaron ciegas, guiadas por una música imperceptible de suspiros. Hasta descender sobre la cama, la de ella, llena de girasoles. Flores expectantes. En las paredes, guitarras colgadas, las de él, y sobre el lecho la comunión extensa de ambos cuerpos que empezaban a fundirse. El girasol tocó la guitarra hasta desaparecer en un aroma de sonidos"...
Saludos!, espero q no sea el último XD

Paul Quispe dijo...

Texto larguito, como nos acostumbra Vit. Como no tengo mucho tiempo, sólo voy a decir algo que, al inicio, está errado. En este párrafo:

"La melodía era bella. Habían pasado cuatro meses desde la primera vez que la vio. Los dulces golpes de las cuerdas dejaban sentir una música casi celestial...".

La estructura del lenguaje està fallando. El lector puede entender que lo que vio fue la melodìa. Cuando Garo sabe, porque èl puso esa lìnea, que a quien se refiere es a una mujer y no la dichosa melodía. Es un error al inicio, y eso desanima a leer más. Pero bueno cuando entre otra vez seguiré leyendo.

Saludos.

Paul Quispe dijo...

La historia es muy buena. El texto además tiene gran soltura. Sin embargo se nota, en ciertas partes, el lenguaje propio de cada escritor, como que no se amoldan bien al texto (sólo en ciertas partes). Además ese uso de rayas en el texto me parece desentonante, hubiera sido mejor usar sólo comas o sólo comillas. Bueno, rescato la gran soltura. Mucha fluidez. Ah, y muy buen trabajo en el argumento.

Saludos.

césar castillo dijo...

Los girasoles y las guitarras son elementos típicos de nuestra tierra. Me gusta los personajes, aunque hay algunos elementos de la historia que pueden sustraerse...

Soledad dijo...

Si claro, Soledad...