
Suelo sollozar, siendo exactos, recordar tu carpeta. No prestaba atención a las clases, deseaba tener ojos en la espalda; saber si sonreías o llegabas con las marcas que escondías debajo de tu blusa, de las peleas que sospecho librabas con tu madre.
Cuán sola podrías estar con el cassete de música tranquila que te regaló tu padre. Han pasado los años y nunca te pregunté su nombre; ciertamente lo amabas. Cuando me contabas que paseaban, tus ojos eran más claros, eras más bella, te quería más.
Ya no corríamos, prefería caminar contigo, sólo un momento porque tenía que regresar, los libros de los que te hablaba con soberbia me esperaban. Tus reproches luego fueron correctos y sin saberlo observé por primera vez los ojos de ese amor que no se dice con palabras, que es inaudible porque su silencio es el auténticamente perfecto; como el equilibrio, fugaz, intenso y efímero.
Pronto todo era insoportable. Tu ausencia cuando enfermabas o escapabas de casa, tus salidas sin razón del aula o los días que no me llamabas por teléfono para contarme cuántas veces acariciaste a tu gato o simplemente para conversar sobre tu madre. Nunca preguntaba, me avergonzaba. Recuerda que me conformaba con poco.
Cuán sola podrías estar con el cassete de música tranquila que te regaló tu padre. Han pasado los años y nunca te pregunté su nombre; ciertamente lo amabas. Cuando me contabas que paseaban, tus ojos eran más claros, eras más bella, te quería más.
Ya no corríamos, prefería caminar contigo, sólo un momento porque tenía que regresar, los libros de los que te hablaba con soberbia me esperaban. Tus reproches luego fueron correctos y sin saberlo observé por primera vez los ojos de ese amor que no se dice con palabras, que es inaudible porque su silencio es el auténticamente perfecto; como el equilibrio, fugaz, intenso y efímero.
Pronto todo era insoportable. Tu ausencia cuando enfermabas o escapabas de casa, tus salidas sin razón del aula o los días que no me llamabas por teléfono para contarme cuántas veces acariciaste a tu gato o simplemente para conversar sobre tu madre. Nunca preguntaba, me avergonzaba. Recuerda que me conformaba con poco.
Suelo sentarme en la última carpeta de las aulas. Sería terrible desear tener, nuevamente, ojos en la espalda. Suelo escuchar el cassete de tu padre y olvidar que te pareces demasiado a tu madre. Nunca fue tu culpa que te quisiera, pero es suficiente el recuerdo.
Texto escrito por MSN en la ventana de Oscar Contreras y escuchando la presente canción de Alejandro Sanz. Sólo quedan los recuerdos, tontos, pero reminiscencias después de todo.